La poesía es una voz, un ritmo, ligado a los movimientos de la sangre y el aire en nuestro cuerpo. He aquí el primer paso de toda lectura de poesía: dejarse arrastrar por una voz: dar vida a la propia voz. Leer es buscar los “incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel, un texto donde se pudiera escuchar el tono de la garganta, la oxidación de las consonantes, la voluptuosidad de las vocales, toda un estereofonía de la carne profunda: la articulación del cuerpo, de la lengua, no la del sentido, del lenguaje [que] haga escuchar en su materialidad, en su sensualidad, la respiración, la aspereza, la pulpa de los labios, toda una presencia del rostro humano (que la voz, que la escritura sean frescas, livianas, lubrificadas, finalmente granuladas y vibrantes como el hocico de un animal) para que logre desplazar el significado muy lejos y meter, por decirlo así, el cuerpo anónimo del actor en mi oreja: allí rechina, chirría, acaricia, raspa, corta: goza”.

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