Mostrando entradas con la etiqueta Victoria Ocampo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Victoria Ocampo. Mostrar todas las entradas

***

 Me abrazó y apretados el uno contra el otro sentimos, mudos, juntos, el alivio del contacto físico. Nos invadió, eliminando todo el resto. Alivio y felicidad. Las preguntas que habíamos preparado, las explicaciones que él quería darme, las palabras que esperábamos uno de otro se desvanecieron. Hoy no hay tiempo, pensábamos. Hoy no hay tiempo sino para este bálsamo de la presencia física. Estar abrazados sin una caricia ni una palabra.

Pronto me acostumbré a llamarlo. A veces desde la casa de mi maestra de canto. Hablábamos poco tiempo. Nos recomendábamos libros. Leíamos a Colette, a Maupassant, a Vigny. Nos dábamos cita para leerlos a la misma hora. "A las diez, esta noche. ¿Puede?" A veinte cuadras de distancia, yo en mi casa, él en la suya, leíamos. Al día siguiente, comentábamos la lectura (...) Alguna vez nos dimos cita en una librería, para vernos de lejos. No nos saludábamos. No íbamos más allá de la mirada.
Le agradeceré conmovida su excesiva generosidad conmigo. Pero que me disculpen si rehuyo toda exhibición de humildad. Tengo a la humildad por una virtud tan indispensable que no quisiera exponerme a destruirla jactándome de ella. Reacciona como la sensitiva; no soporta el contacto de las palabras sin replegarse. Más aún, desaparece a la menor alusión. Es una virtud innominable. Sólo puede practicarse en silencio. Pierde su valor, cesa de existir en cuanto nos adornamos espectacularmente con ella. No podemos decir que la poseemos sin aniquilarla.