6. Fantaseo lo que es empíricamente imposible: que nuestras dos profericiones sean dichas al mismo tiempo: que una no siga a la otra, como si dependiera de ella. La proferición no podría ser doble (desdoblada); sólo le conviene el relámpago único, donde se unen dos fuerzas (separadas, desfasadas, no superarían un acorde ordinario). Puesto que el relámpago único consuma esta cosa inaudita: la abolición de la contabilidad. El intercambio, el regalo, el robo (únicas formas conocidas de la economía) implican, cada una a su manera, objetos heterogéneos y un tiempo desfasado: mi deseo contra otra cosa -y es ahí siempre indispensable el tiempo de la transmisión. La proferición simultánea funda un movimiento cuyo modelo es socialmente desconocido, impensable: ni intercambio, ni regalo, ni robo, muestra proferición , surgida como un fuego cruzado, designa un gasto que no recae en ninguna parte y del que la comunidad misma anula todo pensamiento de reserva: entramos uno a través del otro en el materialismo absoluto.
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1. Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.
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2. Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro. El decorado representa el interior de un café; tenemos cita y espero. En el Prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el Prólogo concluye con una acción súbita: decido "preocuparme", desencadeno la angustia de la espera.
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Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Hablar por teléfono? ¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc.
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El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: "Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente...", "El (ella) sabe muy bien que..." ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí, para que le pudiera reprochar no estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la del abandono; acabo de pasar en un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto: explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay "escena"; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas. (La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café, miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos, no esperan.)
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3. La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de inter dicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la' pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato); sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan se- rían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la" angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.
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4. El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, "lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él": el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.
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Todavía el teléfono acaba de repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado que me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo mas “y reconozco” su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida. Y mucho tiempo después de la relación amorosa se ha apaciguado conservo el habito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno creo reconocer la voz que amaba: soy un mutilado que continua doliéndole la pierna amputada.
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5. “¿estoy enamorado? – si, porque espero” . El otro, él, no espera nunca. A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera. [...]
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Ese proyecto es loco, puesto que lo imaginario es precisamente definido por su coalescencia (su engrudo), o todavía más: su poder de impregnación: nada, de la imagen, puede ser olvidado; una memoria extenuante impide abandonar a voluntad el amor, en suma, habitarlo sabiamente, razonablemente. Puedo muy bien imaginar procedimientos para obtener la circunscripción de mis placeres (convertir la escasez de frecuentación en lujo de la relación, a la manera epicúrea; o, más aún, considerar al otro como perdido, y por lo tanto experimentar, cada vez que el vuelve, el alivio de una resurrección), pero es un vano trabajo: la miseria amorosa es indisoluble; se debe sufrir o salirse: arreglar es imposible (el amor no es didáctico ni reformista).
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La poesía es una voz, un ritmo, ligado a los movimientos de la sangre y el aire en nuestro cuerpo. He aquí el primer paso de toda lectura de poesía: dejarse arrastrar por una voz: dar vida a la propia voz. Leer es buscar los “incidentes pulsionales, el lenguaje tapizado de piel, un texto donde se pudiera escuchar el tono de la garganta, la oxidación de las consonantes, la voluptuosidad de las vocales, toda un estereofonía de la carne profunda: la articulación del cuerpo, de la lengua, no la del sentido, del lenguaje [que] haga escuchar en su materialidad, en su sensualidad, la respiración, la aspereza, la pulpa de los labios, toda una presencia del rostro humano (que la voz, que la escritura sean frescas, livianas, lubrificadas, finalmente granuladas y vibrantes como el hocico de un animal) para que logre desplazar el significado muy lejos y meter, por decirlo así, el cuerpo anónimo del actor en mi oreja: allí rechina, chirría, acaricia, raspa, corta: goza”.
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