Mostrando entradas con la etiqueta Claudia Masin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Claudia Masin. Mostrar todas las entradas

¿Viste cómo llueve? Llovió así toda la noche

y a cada cierto tiempo yo te hablaba, estuvieras donde estuvieras,

aunque fuera en el extremo más inalcanzable

de la tierra. Cuando llueve así, toda la noche, te decía

pareciera que el mundo fuera a desprenderse de su eje,

pero la sorpresa más inmensa es que el vendaval termina

y todo permanece como estaba, apenas un poco de desorden

que lentamente se transforma en armonía.

Desde niños, vivimos sobreviviendo a catástrofes como esa,

a los efectos de lo que tendría que haber pasado y no pasó:

que la casa se inunde y nuestras cosas se pierdan

arrastradas por la marea sucia, entre piedras y palos

y restos de animales, un desperdicio más lo que hasta entonces

ha sido nuestra historia, los objetos

que confirman que somos seres físicos y no un soplo

desde afuera de esa vida brutal de la materia

que no se detiene jamás para incluirnos. ¿Soñaste alguna vez,

cuando llega la violencia del aguacero,

con que el río se salga de su cauce para siempre y nos empuje,

soñaste con la noche en que el rayo finalmente nos alcance

descalzos bajo la luz, como esperando saber algo

que sólo el impacto de una fuerza sobre el cuerpo

podría revelarnos? Pero el rayo no cae, no cayó

y al día siguiente todo sigue a salvo en el mismo lugar.

Ese es el mayor desastre que conozco: haber estado al borde,

una noche, de que nos fuera concedida una verdad

extraordinaria, y al amanecer darnos cuenta

de que somos los mismos y no sabemos nada

que no supiéramos ya.

La helada

Quien fue dañado lleva consigo ese daño,
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos
inocentes ante esto, como es inocente una helada
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío, su necesidad de caer,
había esperado -formándose lentamente en el cielo,
en el centro de un silencio que no podemos concebir-
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,
aunque en ese rapto destroces la tierra,
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,
en el trabajo de mantener el mundo a salvo,
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,
porque lo que nos damos los unos a los otros,
aún el terror o la tristeza,
viene del mismo deseo: curar y ser curados.

Dunas

Las dunas cambian de lugar, emigran
Llevadas por el viento llenan las cuencas de los ríos
Allí sus crestas de arena imitan la curva
de las olas alzándose al vacío. Preciosa la aridez
en su juego de equívocos


.

Todas las cosas únicas aterran

Yo comprendo la pasión de los astrónomos,
las noches en vela, la atención dispuesta
a captar, de entre todo lo que existe,
cierta fosforescencia en el cielo. Podría decir,
como ellos, que las cosas que me importan
no suceden en el mundo. La mirada vive, en lo que ve,
una segunda vida, más real que la primera, más intensa.
Yo pensaba que mirándote siempre, en todos los momentos,
los instantes preciosos que guardabas dentro de tu cuerpo
se transferirían a mi propia constelación
de recuerdos, y lo deseaba con tanta fuerza que creí
ver con tus ojos –sin haberme movido jamás de esta ciudad
o de este cuarto- los detalles de tu casa natal, las tormentas
de nieve en un pueblito del sur, la tierra
completamente roja en el otoño, invadida por las hojas
de los arces, dos pies pequeños y descalzos,
cubiertos por el barro, el rostro de tu madre.
Quizás la intimidad entre dos seres dura
lo que dura ese momento en que sabemos
de los cuerpos y las cosas que otro amó,
en otro tiempo. O acaso nadie alcance a rozar,
ni en su deseo, las imágenes ajenas,
y estés sola, y yo esté solo, y sea el nuestro,
-como el recorrido de las familias de esquimales hacia el sol,
sobre la nieve- un viaje del cual no queda huella.
.
.
No te pido que comprendas,
te pido que me escuches en silencio
cuando hablo, algunas noches, un idioma
que yo misma desconozco y que me aterra.