Mis amistades con uno o dos, sí, tres
hombres por quienes alguna vez sentí
el más salvaje, más doloroso deseo,
aún retienen, en su transformación duradera,
alguna fragancia de aquellos tiempos,
como una caja donde alguna vez
se guardaron las hojas de una hierba exótica,
una hierba de propiedades variadas, útiles y peligrosas,
hace tiempo consumida.
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Lo que ella no pudo decirle
Quería conocer todos los huesos
de tu columna vertebral,
todos los poros de tu piel,
cada uno de los vellos de tu cuerpo.
Para que así mi piel, mis manos,
mis tobillos, mis hombros y mis pechos
y hasta mi sombra quede para siempre
impresos en aquello, lo que sea,
de vos que para siempre me será desconocido.
Para acunar tu sueño.
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(Traducción de Zaidenwerg)
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