Mostrando entradas con la etiqueta Beatriz Vignoli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Beatriz Vignoli. Mostrar todas las entradas

La caída

Si te dicen que caí

es que caí.

Verticalmente.

Y con horizontales resultados.

Soy, del ángulo recto

solamente los lados.

Ignoro el arte monumental del sesgo,

esa torsión ornamental del héroe

que hace que su caer se luzca como un salto.

Ese rizo del mártir que, ascendiendo

se sale de la víctima

y su propio tormento sobrevuela

no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,

caigo.

No hay parábola

ni aire, ni fuerza de sustentación.

Un resbalón: espero. Al suelo llego

por la ruta más breve.

Un alud, una piedra,

una viga a la que han dinamitado.

No hay astucias del cuerpo en mi descenso.

Se sobrevive: el fondo

del abismo es más blando

para quien no vuela, sólo cae.

Si te dicen que caí,

no vengas

a enseñarme aerodinámica revisionista.

No me cuentes de los que cayeron venciendo.

No vengas a decirme

que no crees que haya sido un accidente.

En lo único que creo es en el accidente.

Lo único que sabe hacer el universo

es derrumbarse sin ningún motivo,

es desmoronarse porque sí.

Diciembre 31, 2001

Y la vida era esto:

salir a la vereda el treinta y uno
a las doce, ver cómo un vecino
enciende una bengala.

El brazo en alto, inmerso en la luz ígnea.
Un silencio rosado y expectante,
un fuego inmóvil el mundo.

¿Celebra? ¿Pide ayuda? Nada pasa.
Nada llega. Todo al final se apaga.
Pero aquel brazo en alto, aquella duda.

Aquella intensidad.

The Battle of Wuthering Heights

.
(soliloquio de Heathcliff)

Vadear ahora la sangre del corazón,
su hondura tibia. Ni avanzar ni rendirse,
nada aquí
que ganar o que me pertenezca
salvo saber que moriremos todos
y desear abrazarte al resplandor
fosforescente
de esa conciencia; no estar solos allí.
Temiendo acariciar -hiriéndote-
esto que ambos sabemos,
corderos ambos;
temiendo tu dolor, su dulce sombra,
temiendo gozar el eco de mi muerte en tu cuerpo
me detengo, Catherine amada,
me clavo en el agua del tiempo,
le cedo el paso al miedo de cruzar
el desierto de mí
y soy mi páramo.

La guerra de los santos

.
Me dejo alcanzar. Por nada, una ráfaga
de viento; una franja de luz.

Este rayo que cae desde tan lejos
no puede sino ser parte de algo.

Todo naufragio espera.
Esto no durará.

.-.

4

Cada enero me aleja del origen.
¿Dónde, el paraíso?
Visión ¿de qué lugar?

Yo sabía cavar en los escombros
del tiempo y dar con lo que hubiera sido:

joyas de lo imposible
se ahogaban al traerlas,
exiliadas de su agua.






5

En el aire, la luz
entera permanece;

el silencio está en paz
con su ya no tener nada que decir.

Hubiera o hubiese amado.

Todo el tiempo pasó a través de mí
y siguió.