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Algunas palabras de Olga Orozco sobre la poesía
"...ayuda a las grandes catarsis, a mirar juntos el fondo de la noche, a vislumbrar la unidad en un mundo fragmentado por la separación y el aislamiento, a denunciar apariencias y artificios, a saber que no estamos solos en nuestros extrañamientos e intemperies, a descubrir el tú a través de yo y el nosotros a través del ellos, a entrever otras realidades subyacentes en el aquí y el ahora, a azuzarnos para que no nos durmamos sobre el costado más cómodo, a celebrar las dádivas del mundo y a extremar significaciones, ¿por qué no?, cuando la exageración abarca la verdad"
Para hacer un talismán
Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!
Fragmentos de Yo somos tú
*
La geografía no tiene exigencias para mí: aplano las montañas, desvanezco los mares sin contemplaciones, cambio de sitio las ciudades, desvío el curso de los ríos para poder pasar. Y hasta hago surgir los continentes desaparecidos y aparecer, de pronto, los que nunca estuvieron. La zoología no se me resiste. Paso sin transición de perro a lobo, de tigre de Bengala a colibrí, de cordero pascual a martín pescador. Me visto y me desvisto de plumajes ardientes a púas erizadas, de terciopelos suaves como el ocio a escamas para encubrir la tentación. La mineralogía no es impenetrable, salvo cuando se trata de disolver ideas fijas y conciencias de falso cristal. Pero de todas las prolongaciones me quedo con los brazos abiertos y las piernas sin fin y los pies bien adentro de otros pasos; de todas las cortezas, ninguna más fija y más cambiante que la piel; de todos los lenguajes elijo el de la lengua intercambiable; de todos los verbos inmanentes o manifestados elijo el de vivir mi vida en otras vidas, en todos los tiempos, en todas las personas, en todas las conjugaciones y géneros y números y aumentativos y partitivos, bajo todos los regímenes y en todas las posibles concordancias y disonancias. Encarno todos los cortejos del pasado y los séquitos del porvenir, fluyendo, refluyendo hacia un punto central -mi propia anatomía- que arde como un carozo incandescente.
*
Nada más que un ejemplo que equivale a dormirse en Juan y despertarse en Pedro o en María. Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran los héroes y las heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y tan múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén
Fragmento de La Sibila de Cumas
Ya no hay sol, ni pasado, ni porvenir siquiera.
Vamos entonces: ¡hiere!
Pero entre una y otra rama, entre uno y otro paso de esa operación, hay algo que no se puede desentrañar, hay un más que no se sabe de dónde extraer para agregar. Sin duda de un fondo común, al que cada parte debe ser reintegrada después de muchos trabajos y transformaciones. Yo pienso que mi explicación está en ti, tú que has añadido el signo de esta cifra hecha de innumerables fracciones, y cuya fundación es un cálculo desconocido todavía.
Es alguien que consideró su propio nombre como la primera de las imposturas, como una cáscara que era necesario disolver para volver a crear, con esos fragmentos transportados por cada uno, la infinita y simple cantidad primera. El camino estaba en subir más allá de esa copa, remontándola en una sustracción que aumentaba e igualaba todas las cifras, que las unía en un Uno Total. La creación no estaba en seguir hacia abajo, sino hacia arriba. No advirtió que así pretendía trocar en árbol de conocimiento el árbol de la vida. Se detuvo en combinaciones sin resultado, en pruebas que volvieron a dar el mismo número. No tuvo suficiente poder o humildad, ni amor o sabiduría. Tal vez le faltó siempre el necesario desapego, y solo consiguió esta vez consumir en sí misma las raíces, inscribir su pequeño uno, ajeno e impar, sobre un puñado de cenizas.
Pero aún estoy aquí, sosteniendo mi apuesta
siempre a todo o nada, siempre como si fuera el penúltimo día de los siglos.
Tal vez haya ganado por la medida de la luz que te alumbra,
por la fuerza voraz con que me absorbe a veces un reino nunca visto y ya vivido,
por la señal de gracia incomparable que transforma en milagro cada posible pérdida.
siempre a todo o nada, siempre como si fuera el penúltimo día de los siglos.
Tal vez haya ganado por la medida de la luz que te alumbra,
por la fuerza voraz con que me absorbe a veces un reino nunca visto y ya vivido,
por la señal de gracia incomparable que transforma en milagro cada posible pérdida.
Dondequiera que vaya soy yo misma pegada a mi aventura,/a mi ansioso destino tan ajeno a quedarme o a partir con mi bolsa de fábulas/y el impreciso mapa de lo desconocido./Allá lejos estoy tan cerca de las revelaciones y las dichas, como aquí, como ahora,/donde no logro descrifrar jamás el confuso alfabeto de este mundo.
Otras veces, la parte anterior de mi yo crece, mientras la posterior retrocede como un traveling. El piso huye, las paredes huyen. Llego a abarcar, a asumir así desde lo más próximo hasta lo más lejano. Pero no soy todo; soy con todo. Se siente una continuidad extraña y vertiginosa. Se siente que cada ser es simplemente el particular estado de una misma cosa, como mojones que señalan la extensión. (¿No era esto lo que había aprendido antes y perdí después?). Entonces, cada uno asesina a través de la mano del degollador; cada uno perdona a través de la mano de la víctima, ya que "degollador" y "víctima" son solo convenciones, errores de perspectiva, ya que lo que actúa es siempre esa misma cosa. Cuando sufro, sufres conmigo; cuando ríes, río contigo; cuando te dañan, me dañan y te daño y me daño; cuando me benefician, te beneficias, te benefician, me beneficias. También él, ellos y nosotros y todos entre sí. La conjugación es una sola persona. Cada uno es los otros, y mi nombre y el tuyo son solo una impostura.
Todo pasa rápido; las cosas se deslizan y se van, eso me duele. Cuando era chica no quería que nada terminase. Me dolía ir al cine. Veía la muerte de Ana Bolena y después entraba a otro cine y veía a un negro en una pasarela que, para mí, era Ana Bolena que se había transformado en esa otra persona.
¿Puedo agregar algo más? A mí, como destino, lo que me hubiera gustado, de no ser poeta, habría sido ser santa, écuyère o bombero en día de gala. Pero creo que esas tres cosas obedecen a un sentimiento bastante frívolo, que es el brillo de los tres destinos y el hecho de estar suspendidos en el aire
*
Pero ¿por qué me habían repetido hasta el cansancio, unas veces como promesa, otras como amenaza: "Cuando seas grande"? No. Ya no sería grande. No podría ser santa, ni buzo, ni ecuyère. Adiós, grandes destinos luminosos y heroicos. Adiós, resplandor de los vitrales iluminando mi martirio y mira cara de santa levantada hacia el cielo. Adiós, fosforescencias submarinas, madréporas y barcos sumergidos donde siempre hay terribles secretos por descubrir. Adiós, luces aéreas de los reflectores, vestido vaporoso que gira y gira y gira, y caballo blanco en el que me apoyaría solo con un pie al dar la última vuelta en la pista de mi triunfo
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