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La geografía no tiene exigencias para mí: aplano las montañas, desvanezco los mares sin contemplaciones, cambio de sitio las ciudades, desvío el curso de los ríos para poder pasar. Y hasta hago surgir los continentes desaparecidos y aparecer, de pronto, los que nunca estuvieron. La zoología no se me resiste. Paso sin transición de perro a lobo, de tigre de Bengala a colibrí, de cordero pascual a martín pescador. Me visto y me desvisto de plumajes ardientes a púas erizadas, de terciopelos suaves como el ocio a escamas para encubrir la tentación. La mineralogía no es impenetrable, salvo cuando se trata de disolver ideas fijas y conciencias de falso cristal. Pero de todas las prolongaciones me quedo con los brazos abiertos y las piernas sin fin y los pies bien adentro de otros pasos; de todas las cortezas, ninguna más fija y más cambiante que la piel; de todos los lenguajes elijo el de la lengua intercambiable; de todos los verbos inmanentes o manifestados elijo el de vivir mi vida en otras vidas, en todos los tiempos, en todas las personas, en todas las conjugaciones y géneros y números y aumentativos y partitivos, bajo todos los regímenes y en todas las posibles concordancias y disonancias. Encarno todos los cortejos del pasado y los séquitos del porvenir, fluyendo, refluyendo hacia un punto central -mi propia anatomía- que arde como un carozo incandescente.
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Nada más que un ejemplo que equivale a dormirse en Juan y despertarse en Pedro o en María. Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran los héroes y las heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y tan múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén
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